Arte

En el Campo de Montiel, el arte emerge como un puente entre lo mágico y lo terrenal, narrando historias que abarcan desde los antiguos ídolos prehistóricos hasta los majestuosos castillos medievales y las obras renacentistas, reflejando una rica herencia cultural forjada a lo largo de cuatro mil años de historia

Desde antiguo el arte ha estado muy estrechamente ligado a lo mágico o sobrenatural, y ha servido como signo distintivo al servicio de las clases dominantes. Unos ídolos de hueso procedentes de Cerro Ortega (Villanueva de la Fuente), las cuentas de variscita y otros adornos personales recuperados en Castillejo del Bonete (Terrinches) y la cerámica campaniforme de El Castellón (Villanueva de los Infantes) hablan de estas relaciones en la prehistoria, hace ya 4.000 años.

En el mundo ibérico se repite este esquema en el Toro de Alcubillas, una escultura de la que se conserva la cabeza y que coronó el monumento funerario de un aristócrata para protegerle en la otra vida. En el mismo sitio fue encontrado otro símbolo protector en el interior de una tumba femenina: un escarabeo egipcio. También en Alcubillas se encontró un anillo de oro orientalizante con una cabeza de guerrero y otra de lobo en su chatón. Todas estas piezas pueden apreciarse hoy en el Museo de Ciudad Real.

Durante la época romana las villas fueron, desde todas las perspectivas, un símbolo de poder y riqueza. En la de Puente de la Olmilla (Albaladejo), la casa del dominus giraba en torno a un patio ajardinado rodeado de columnas, con sus paredes pintadas simulando mármoles y mosaicos en los suelos. Al fondo del patio, a la derecha según se accedía, se encontraba el salón principal, del cual solo conocemos la decoración del suelo: un gran mosaico donde figuraban dos exóticas panteras entorno a una figura central. Desde el patio también se podía acceder a los diferentes cubicula (dormitorios) y al triclinium (comedor), habitaciones que nos han dejado numerosas muestras de la rica vajilla romana.

Mosaico de Puente Olmilla

La larga Edad Media ha sido parca para nosotros en muestras artísticas. Podríamos concentrar en Villanueva de la Fuente, donde se situó la ciudad de Mentesa Oretana, el grueso de la producción artística que se conserva de aquella época. En su museo municipal podemos admirar el fragmento de un gran sarcófago de mármol tardo romano, que había estado decorado con la representación de una escena fúnebre y del que nos ha quedado el relieve de una mujer, de pelo largo y vestida con túnica, que porta un cofre entre sus manos. En el mismo museo también hay varios ataifores omeyas pintados con abundante carga simbólica. En uno de ellos se lee en árabe “el poder”.

Pero son los castillos la gran huella de los musulmanes en la zona. Eran construcciones muy funcionales, con muros de gran grosor hechos de mampostería, tabiya o tapial. Uno de los más importantes es el de Eznavejor, que, con un muro de 250 m., cerraba un espacio de unos 3000 metros cuadrados. Hoy todavía podemos ver vestigios de paredes, torres y aljibes. Los cristianos reformaron y reforzaron muchos de estos castillos. El de la Estrella, en Montiel, fue cerrado por un nuevo lienzo de muralla interior que guardó la puebla y los recintos propios del castillo. A su torre del Homenaje se accedía por un puente levadizo desde el patio de armas; en ella se guardaban todos los artilugios militares. Los castillos fueron abandonándose a lo largo de siglo XV. A finales de este siglo ya se lamentaba la caída de algunas almenas de la torre del homenaje del castillo de la Estrella.

Castillo de Montizón

El castillo mejor conservado es de Montizón, que parece vino a suplir al musulmán de Eznavejor. A él hoy se puede entrar a las caballerizas y subir a la Torre del Homenaje. Constituye un importante mirador desde el cual contemplar el río Guadalén. Tiene la misma sobriedad constructiva que el resto de torreones que salpican el paisaje de la comarca: esquinas achaflanadas, bóvedas de ladrillo o puertas enmarcadas en arcos apuntados de sillería. Finalmente la línea de fortificaciones de Puebla del Príncipe, Terrinches, Albaladejo y Villanueva de la Fuente protegía el límite meridional del Campo de Montiel de agresiones procedentes del sur. Toda la vida giraba en torno a los castillos por eso no es extraño que las primeras iglesias estuviesen dentro de ellos. No fue hasta el siglo XV cuando empezaron a  construirse fuera, organizando el desarrollo de los pueblos. Así ocurrió en Montiel. Su vieja iglesia, que guardaba una escultura de Santiago en alabastro, fue poco a poco abandonándose. Estas nuevas iglesias se caracterizaban por ser muy pobres: mampostería, una sola nave compartimentada con arcos fajones apuntados, cubierta interior de madera, testero recto…  La de Cózar tenía su techumbre de carrizo. Debido a su mala calidad pocas sobrevivieron. De las que sí han llegado a nosotros, aunque con fuertes añadidos posteriores, podemos destacar las iglesias de Santa Cruz de los Cáñamos, Alcubillas y las ruinas de la iglesia de Torres de Montiel. Las iglesias actuales de la mayoría de los pueblos comenzaron a erigirse a principios del siglo XVI, coincidiendo con el auge económico y con el paso del maestrazgo de las Ordenes Militares a la Corona. Aunque se utilizaron casi los mismos materiales constructivos se ensancharon y alargaron las naves, ampliándose la altura del edificio para que se destacase sobre el caserío. Se reforzaron los muros con contrafuertes y el interior quedo tenuemente iluminado por estrechas saeteras. Un gran portal, como el que permanece en la Ermita de Nuestra Señora de la Vega (Torre de Juan Abad), solía recorrer todo el frente principal. Son las portadas los mejores testimonios de aquella etapa que han quedado para la actualidad. En ellas contemplamos unos arcos, apuntados o carpaneles,  abocinados y moldurados con baquetoncillos. Tienen unos pequeños capiteles decorados con motivos vegetales. Las de Alcubillas o Almedina con el tiempo se fueron haciendo más fastuosas, hasta alcanzar los resultados de las portadas de Terrinches, Torrenueva y Villahermosa ya hacia 1515. Se construyeron las primeras bóvedas de crucería y los testeros se volvieron poligonales, como en el caso de Villahermosa.

Toda esta tendencia empezará a cambiar hacia 1520 cuando llegue el Renacimiento a la comarca. Por un lado, desde Italia regresará a su pueblo natal el gran Fernando Yáñez de Almedina. Este fue discípulo y el introductor de la pintura leonardesca en la Península. Un ejemplo de su producción pictórica en la comarca puede verse en el Museo del Prado. De la escuela de Yáñez son las pinturas del Retablo de Nuestra Señora de Luciana, en Terrinches, donde es una constante la serenidad y el degradado del color, típicos en Leonardo.  Por otro lado, la arquitectura tradicional dio un giro con la llegada de Francisco de Luna. Este arquitecto se había iniciado en el gótico final, pero poco después quedó impregnado por la obra de Covarrubias. Fue nombrado maestro mayor de la Orden de Santiago creando la llamada “escuela infanteña”. De esta escuela destacan Martín Sánchez de Longarte, a quien debemos su intervención en la parroquia de Villahermosa, y Juan de Arama quien trabajo en la iglesia de Terrinches y levantó toda la cabecera de la iglesia parroquial de Torre de Juan Abad. A él también tenemos que agradecer la estupenda portada de la parroquia de Villamanrique, creada entre 1536 y 1549. Es esta una arquitectura renacentista que no quiere olvidar el mundo gótico. La decoración se concentra en determinados puntos, permaneciendo el resto en sobriedad, con el gusto por lo puramente arquitectónico.

Retablo de Nuestra Señora de Luciana

Del manierismo español debemos destacar a Francisco Cano que impregnó de retablos la mayoría de las iglesias del Campo de Montiel y aunque muchos de ellos se perdieron durante la Guerra Civil, nos queda aún un buen ejemplo en el retablo de Torre de Juan Abad.

La búsqueda de la solemnidad mediante una arquitectura sobria, sin demasiados adornos, fue una constante hasta aproximadamente la década de los sesenta del siglo XVII.

La escultura y pintura de esta época son marcadamente emocionales. De hecho, la escasa imaginería religiosa que ha sobrevivido al tiempo sigue siendo objeto de ferviente veneración. Una obra de calidad se la debemos a Miguel Bajo, pintor y escultor de Almedina, que construyó el Retablo de la Parroquial de Terrinches. De él podemos admirar la calidad de su Calvario y dos de sus cuadros tenebristas. La Iglesia Parroquial de Villahermosa también conserva una obra de excepción: El Monumento de Semana Santa, recientemente restaurado. Es uno de los pocos ejemplos de la arquitectura efímera del Barroco que quedan en el país. Formada por bastidores, es un gran retablo de quita y pon, totalmente decorado con pinturas. La teatralidad barroca inició su camino en la arquitectura y escultura. Retablos churriguerescos y capillas profusamente decoradas con pinturas y yeserías pueden verse en numerosas iglesias, muy especialmente en los santuarios marianos.

Juan Alejandro Núñez, natural de Membrilla, fue el encargado de diseñar la Torre de la parroquial de Torre de Juan Abad en 1733, marcando un nuevo modelo con su Torre Mayor de La Solana. De dos cuerpos cuadrados alzó otros dos octogonales, dando dinamismo al conjunto. En Terrinches y Villahermosa se adaptó el modelo. El Claustro del Convento de los Agustinos en Fuenllana, con sus pilastras gigantes y sus arcos de medio punto impostados y ciegos, es el último gran ejemplo del barroco en la zona; ya que desde mediados del siglo XVIII se ira imponiendo el neoclasicismo. Nacerá así, un nuevo estilo que puso de moda, un clasicismo greco-romano más depurado que el Renacentista, gracias a la información proporcionada por los nuevos descubrimientos arqueológicos. Fue un estilo promocionado por la monarquía ilustrada, muy en sintonía con sus obras públicas. Romanticismo, modernismo y racionalismo se irán imponiendo con los nuevos tiempos, pero eso ya deberá descubrirlo por si mismo el viajero que se acerque a nuestra tierra.

Claustro Convento de los Agustinos (Fuenllana)